Relatos de Ciencia Ficción

Mes: octubre 2011

MiniSerial: Error de Transcripción #4

La cuarta entrega del Mini Serial…

Cuando llegaron a destinación se sorprendieron encontrarse no con una enorme mansión y vigilancia armada, sino con un pequeño chalet adosado, sin elementos que destacaran de una apabullante normalidad, en abierto contraste con la iconografía pública de todos los curanderos (“la mayoría de ellos charlatanes y estafadores, y soy magnánimo” pensó Martín).

Iban solos, Teresa y él, pero eso no parecía ser un problema. Ningún peligro a la vista, ni siquiera un perro guardián. Cuando tocaron el timbre se oyó un zumbido. La cerradura de la puerta metálica se abrió, dejándoles paso para que pudieran llegar a la puerta de entrada. Empezaron a entrar, con cierta circunspección ya que la normalidad con la que se estaba desarrollando esta visita era ciertamente sospechosa. Esperaban verse circundados de guardias armados de un momento a otro, o asaltados por perros de combate, o atrapados por mallas de acero irrompibles. Pero en realidad llegaron a la puerta sin sobresaltos.

De repente, la puerta se abrió y un hombre les dijo sonriendo: -Buenos días señores. ¿En qué puedo ayudarles?-

La reacción instintiva de los investigadores fue meter mano a sus armas, con lo cual la persona que abrió la puerta se vio obligada a levantar sus manos, mirándoles con su rostro lleno de stupor.

-No tenemos mucho dinero…- empezó diciendo. Los investigadores se miraron uno a otra y decidieron enfundar las armas.

-Les pedimos disculpas- dijo Teresa. -No somos ladrones, sino policías. Necesitamos hacerle unas preguntas.-

El hombre bajó las manos, suspirando. -¿Policías, eh? Y bastante nerviosos por lo visto. ¿Qué les preocupa, agentes?-

Martín decidió no hacerle notar que no eran simples agentes. Mejor estar focalizados en lo que realmente interesaba para su investigación.

-¿Podemos hacerle unas preguntas?-

-Por supuesto- les contestó el hombre amablemente. -Si queréis pasar nos podemos poner cómodos en el cuarto de estar.-

Entraron y se sentaron. Y todo parecía ocurrir de una forma realmente… ordinaria.

Se agradecen comentarios…

MiniSerial: Error de Transcripción #3

La tercera entrega del mini serial ha llegado:

Tardaron una hora en llegar cerca de los despachos donde habían instalado su cuartel general. Hoy en día funcionaba así. Pocas formalidades, quizás demasiado pocas. Cuando se pierde la disciplina… Teresa tuvo la delicadeza de no hablar mientras conducía su coche; su coche de él; es cierto, estaba conduciendo ella. No se había enterado.

Tenía confianza de poder llegar a centrarse un poco, pero justo cuando iban a llegar a destinación el sonido del móvil de Teresa le hizo sobresaltar. Ella contestó. -Sí. Vale. Espera que tomo nota.- No le dio tiempo a decir nada más. El aullido de una sirena la interrumpió, y la indicación del policía que iba a bordo era clara. Tenían que parar. -Mierda. Te llamo luego.-

Pararon en cuanto le fue posible. El policía se acercó a la ventanilla, que Teresa había bajado ya. -Oiga agente- empezó con tono amable.

-Sus documentos y los documentos del coche por favor señorita.-

-Ehm-, se dejó escapar Martín. Por lo de ‘señorita’, pero de forma equívoca.

-¿Algún problema señor?- preguntó con mucha cortesía y amabilidad el policía.

-Nada, nada- le contestó el ‘señor’. -Es sólo que tenemos cierta prisa.-

-Razón de más para mostrar los documentos. Será una cuestión de un par de minutos, multa por usar el móvil conduciendo, quita de puntos y nada más.- El otro policía se estaba acercando por el otro lado.

-Parece que Usted no sepa quién soy yo- le dijo Teresa.

-Y seguiré sin saberlo mientras no me enseñe sus documentos.- Desconsolado, Martín se dispuso a abrir la guantera para buscar los documentos del coche; al mismo tiempo, Teresa se movió en el asiento para exhibir su cartera con todos los documentos, placa incluida. Y así fue como se complicó todo.

Al ver el arma de Teresa, el policía de su lado se puso a gritar algo (no parecía haber salido de los manuales de instrucción de la academia) y desenfundó su pistola; por puro reflejo su compañero hizo lo mismo, y justo cuando Martín abría la guantera del coche de la que salió so Glock 9mm parabellum. Un arma que no encajaba con el perfil del ciudadano medio de Madrid. El reflejo de Martín fue de coger el arma que estaba cayendo, y el del policía fue de disparar.

Suerte que los cadetes de hoy en día no son como los cadetes de antaño. En cuanto a puntería. De los ocho golpes que los policías dispararon sólo dos llegaron a perforar el coche. De los otros nada más se supo. Buena señal: no habían matado a nadie.

Cuando los ánimos se hubieron tranquilizado, la escena residual fue cómica. Los policías sin capacitarse todavía de lo que había pasado, y eso que habían disparado ellos. Martín y Teresa en el coche con las manos en alto, un zumbido en los oídos y todavía sin creer que estaban vivos todavía. De momento.

Eso que se ve en las series americanas, que todos los policías conocen y reconocen a los jefes e investigadores… todo mentira. Hizo falta otra media hora para que fuera posible aclarar la situación de cada uno. Y todos tenían un zumbido constante en los oídos, y se expresaban más por signos que verbalmente. Al final todos estuvieron de acuerdo: había sido un malentendido, y gracias a Dios nadie había resultado herido o muerto; no había pasado nada. Martín no estaba totalmente de acuerdo. Miró el parabrisas astillado y el agujero en el respaldo del asiento en el que se encontraba antes de agacharse. El proyectil había traspasado el asiento para ir a clavarse en el asiento de atrás. Es decir, sustitución de dos asientos. Sin comentarios.

Cuando por fin pudieron reanudar la marcha ya se estaba haciendo tarde. Teresa fue pisando demasiado y, cuando un coche de policía intentó pararles, no le hizo caso y se dirigió a la estación de policía que distaba un par de calles no más. Cuando llegaron, encontraron un comité de bienvenida inesperado, con armas dirigidas hacia ellos. Martín se escondió instintivamente debajo del salpicadero. Teresa levantó las manos y esta vez no intentó enseñar la placa. Finalmente, Ramírez se abrió paso entre sus colegas y consiguió apaciguar los ánimos.

Habían conseguido llegar. El dolor de cabeza de Martín se había multiplicado por cien, y el valor de su coche había disminuido de la misma cantidad. Teresa estaba algo nerviosa. Suerte de la enfermería de la estación: unos cuantos ansiolíticos consiguieron tranquilizarla.

El día era a cada momento más extraño. Ojalá hubiera alguna buena noticia.

-Tenemos el nexo- dijo Ramírez cuando consideró que los dos investigadores estaban en condiciones de asimilar la noticia. Que parecía buena. Tenía que serlo.

-Es decir…- el rostro de Martín debería expresar excitación, posiblemente admiración por el trabajo del equipo, hasta emoción por los acontecimientos futuros e incógnitos. Pero en realidad no conseguía expresar nada en absoluto, y se convertía en muecas grotescas. À la merde. ¿Qué le habrán dado los chicos de la enfermería?

-Todas las víctimas habían ido a visitar a un mismo personaje. Una tras otra, pocas horas antes de suicidarse.-

-Interesante.-

-A lo mejor les han suicidado de verdad- intervino Teresa.

-Es posible- siguió Ramírez. -Y sin embargo creo sería un disparate creer en esta posibilidad.-

-¿Por qué? ¿Qué iban a hacer con este personaje? Ya lo estoy viendo llegar, droga, contrabando de armas, mujeres…-

-No, no, qué va. Nada de todo eso. Se trata de otro tipo de personaje. De una especie de brujo.-

Y era cierto, por muy sorprendente que pudiera parecer a los ojos de Martín y Teresa. Se trataba de un personaje completamente distinto de todos los conocidos y por conocer, que desempeñaba un papel singular en el panorama de los curanderos. No se le veía en público, no protagonizaba espectáculos televisivos de dudosa calidad (y efectividad), no era fácilmente accesible. Pero, eso sí, por unánime admisión, el éxito de lo que decía a sus clientes, de sus consejos, era asombroso.

Así que iban a verse cara a cara con un personaje muy importante y muy poco famoso. E iban bien escoltados. Por si a caso.

Y con un coche oficial, ya que el coche de Martín se había quedado en el taller de la Policía misma. El Ministro de Interiores había prometido que el ministerio pagaría las reparaciones necesarias; ya Seremos.

Si alguien quiere comentar puede hacerlo, no me lo voy a tomar a mal (todo lo contrario, se agradece mucho)

Leyendo…

Leyendo «Marfil» de Mike Resnick.

Me encanta. Como todo lo que escribe Mike, uno de mis favoritos.

Y lo bien que describe a África, por ser un blanco  occidental…

Un auténtico maestro. Gracias Mike.

MiniSerial: Error de Transcripción #2

Seguimos con el MiniSerial del jueves.

El día siguiente Martín se despertó pronto; siempre le ocurría lo mismo con el sueño químico. Dormía, pero no descansaba realmente bien. Pero la alternativa era pasar la noche en vela, y francamente era mejor no descansar bien que no descansar del todo.

Cuando se levantó, llamado por el perfume del café y de las tostadas recién hechas se fue a la cocina. Teresa le estaba preparando el desayuno.

Que nadie llegue a conclusiones precipitadas. Teresa vivía cerca de Martín y tenía las llaves de su piso, pero nada más. El investigador estaba teniendo muchos problemas desde que el rompecabezas de la ola de suicidios inexplicables había hecho su entrada en escena. No conseguía entenderlos. Y perdía el sueño por ello. Teresa le estaba apoyando, y para más seguridad él le había dejado copia de las llaves de su piso.

No cabe duda. En casos como ese no hay nada como un desayuno recién hecho.

-Me alegro de verte despierto- le dijo ella. -¿Muchas pesadillas?-

-No más de lo usual. Y yo me alegro que estés aquí saqueando mi nevera y sacando buen partido de ella.-

-No me dejaba muchas posibilidades, di rienda suelta a mi desbordante fantasía. Así fue como se me ocurrió la idea del café y de las tostadas con chocolate. Original, ¿verdad?-

-Efectivo, diría yo. Especialmente el café.- Tenía la cabeza como hinchada, efecto del estrés, de la tensión y de los medicamentos. -¿Novedades?-

-De momento no.- Como para subrayar la veracidad de la ley de Murphy se escuchó un ruido ensordecedor. Era el tono de llamada del móvil de Teresa. En realidad no era tan ensordecedor, pero la percepción de la cabeza de Martín era muy subjetiva. La investigadora se fue a contestar en la otra habitación.

La cocina había dejado de dar vueltas. A lo mejor ahora sí podía desayunar; café, tostadas y un par de anfetaminas para ponerse las pilas. Primero lo primero. Se fue directo al armario-farmacia.

-Ni lo sueñes- le dijo Teresa. No se lo gritó, pero a é le pareció que mil agujas le hubieran traspasado los oídos. -Confórmate con el café y las tostadas.-

-¿De qué hablas? No quería hacer otra cosa…-

-Vale, angelito. Como mucho te concedo un paracetamol, y te lo suministro yo. Por cierto, tiré tus anfetas hace unos días ya. Estoy muy orgullosa de ti, si ibas a por ellas es porque no las has buscado durante un tiempo.-

Era cierto. Mejor así. Hay que conformarse con analgésicos, efectos colaterales reducidos y todo. ¿Lo más sano? No tener preocupaciones. -¿Qué decían?-

-Que tenemos que despabilar y salir pronto. Han encontrado una pista; por lo visto los ‘suicidas’ sí tienen algo en común.-

-Por ejemplo…-

-Problemas.-

Martín estaba tomando su primer café del día, y no estaba todavía de humor. Mejor dicho, el chip del sentido del humor no se había conectado todavía.

-Todos tenemos problemas- dijo después de otro sorbo. Autobiográfico.

-Pero algunos intentan solucionarlos- le contestó Teresa. Biográfica. -Resulta que el chico estaba buscando ayuda para superar el estado de ansiedad del que padecía desde el fallecimiento de su padre. Y los otros también habían padecido algún que otro disgusto poco antes de suicidarse.-

-Si estas sugiriendo que el suicidio es la solución definitiva no desperdicies el aliento y no le des trabajo en balde a tus pulmones. Eso lo sabía yo también. Incluso hubo una época en la que estaba considerando…-

-Esa época ya pasó- cortó en seco ella. -La cuestión es que si estaban todos pidiendo ayuda, y todos han acudido al mismo ayudante…-

-… ¡posiblemente el remedio haya sido el mismo para todos! Muy bien, Teresa. Estoy orgulloso de ti. ¿Dónde vamos?-

-A ninguna parte. Están investigando todavía, preguntándole a los familiares de los demás fallecidos, volviendo a peinar las informaciones comparativas de las que disponemos… en cuanto sepan algo me llamarán.-

-Eso es lo que dicen todos. Pero aquí he acabado el café y la tostada, estoy disponible para el analgésico y para salir a remover un poco el esqueleto de esos investigadores de pacotilla.- Se levantó y se enfundó el impermeable.

-No te permito hablar de esa manera de mis chicos- le dijo ella. -Abre la boquita.- Canastó a la primera con la pastilla de paracetamol. A él le gustaba así, sin agua. Inexplicable. Bárbaro. Amargo. Mejor no pensar en ello y dirigirse al coche.

Hasta el próximo jueves, con una nueva entrega…

Relato publicado en Fantasti’cs

He enviado el cuento Un poco más, que podéis también leer en la sección de FoxxFlash, al certamen Microcuento Fantasti’cs de Castellón.

De momento ha sido publicado en el blog del certamen.

Es posible visitar el enlace haciendo clic aquí

MiniSerial: Error de Transcripción #1

Inauguramos así el proyecto del mini-serial del jueves.

Cada jueves, una nueva entrega, hasta agotar el cuento.

Empezamos hoy con el cuento titulado «Error de transcripción»

Llovía. Siempre llueve en esas ocasiones. Pero cuando entra una llamada no puedes dejarte llevar por la pereza; te toca, te ha tocado, tienes que ir. Sin prisa pero sin pausas: no se va a mover.

Bajó del coche; de su coche; no usaba nunca el coche de servicio en estos casos. Debería ir a buscarlo, luego volver… el tráfico de Madrid lo desaconseja. Bajó del coche con su abrigo abrochado, como si fuera parte integrante de él mismo. Y con el sombrero, que no falte; para repararse de la lluvia, y tener las manos libres, que nunca se sabe. La PPK en el bolsillo, cargada.

Al llegar al piso le reconocieron y le dejaron pasar sin hacer preguntas. Alguien habló por el walkie avisando a Teresa, señal de que estaba al mando. Bien. Se llevaba bien con ella, no solían haber piques; pero, si era lo que se esperaba, el caso era suyo. Y solo suyo.

-Hola Martín.- Se dirigió hacia él con la cara sonriente, como si no fuera molesta por tener que estar por esas llares un viernes por la noche. Martín no había cenado, supuso que ella tampoco, y les quedaba mucho trabajo por hacer.

-Hola Teresa.- Educación, por encima de todo. -Me gustaría saber porque estoy aquí.- El tono era quizás un poco seco, pero había sido una semana muy dura y complicada, y la guinda del viernes noche le estropeaba el ánimo aún más. La pregunta era, de todos modos, retórica.

-Juzga por ti mismo- le contestó la compañera. Le llevó al piso de la segunda planta. Entraron. Había sangre por todas partes.

-Utilizó una escopeta de caza. Por lo visto era de su padre, que falleció hace unos meses.-

-Interesante. Y ¿la tenía en su casa?-

-Parece ser que no. Hemos hablado con la madre y con el cuñado; la madre y la hermana están de camino, y el cuñado, como es lógico, aunque se le ve más entero. Parece que la muerte no le ha afectado mucho.- Mientras hablaba, ambos seguían estudiando el cadáver y la habitación.

-Por el hecho de no compartir sangre con él, supongo; o por carácter; o por ser el asesino.- Las tres posibilidades parecían ser igualmente válidas, aunque Martín propendería por la segunda.

-Ya.- Teresa movía la cabeza, desconsolada. -Pero el parecido con tus otros casos es asombroso. Por eso te llamé. Y, francamente, si este no es un suicidio, el montaje es francamente de cinco estrellas.- Miró al cadáver. -Con perdón- se sentí en la obligación de decirle, como si pudiera escucharla. Y perdonarla.

-Exactamente como los demás. ¿Te acuerdas de aquel que le robó el arma a un guardia de seguridad?- Fue el primer caso que trató. La ‘victima’ robó la pistola de un guardia de seguridad, se encerró en los baños del centro comercial y se quitó la vida. Y era una persona normal y corriente, sin problemas tan grandes como para quitarse la vida.

Ambos suspiraron. Daba mucha pena ver un joven tan vigoroso allí, sin vida. Y casi sin cabeza.

-Yo no dejaría entrar a los familiares, tú haz lo que quieres- le dijo finalmente a Teresa. -He visto todo lo que necesitaba ver. Envíame mañana unas cuantas fotos, por favor. Para mi colección. Las pondré en el tablero, como hacen en las películas americanas. Luego me pondré a mirarlo fijamente, hasta que entre alguien en mi despacho, diga alguna obviedad, se me encienda una lucecita y resuelva el caso.-

Teresa le miraba compadeciéndole. -¿Qué opinas? Como suicidios son bastante raros, pero como homicidios lo serían aún más. No me siento en ánimos de darle carpetazo y de olvidarme.-

-Tienes razón, muchos elementos no encajan. Especialmente uno. ¿Qué factor convierte de forma instantánea una persona normal y corriente en un suicida?- La duda de fondo estaba resumida de manera cristalina. Y el elemento común no se encontraba.

-Quizás sea el pepino- aventuró Teresa. Pero Martín la miró con los ojos desorbitados. -Quiero decir, por lo visto él también había comido pepino al mediodía.-

-Como la mitad de los españoles. Con este son ocho los muertos en las últimas tres semanas. En España viven unos cuarenta millones de personas. Deberían haber muerto unos veinte millones, mil más, mil menos. De ocho a veinte millones… creo que la explicación es otra.-

No era capaz de darse cuenta cuando Teresa estaba haciendo ironía, cuando no hablaba en serio; porque para él el asunto siempre iba en serio, y no había espacio para bromas.

El guardia de la entrada llamó a Teresa para avisarla de la llegada de los familiares del chico. -Muy bien. Me voy- dijo Martín. -Ya seguiremos con nuestras conjeturas.- Por suerte, no le había tocado estar al mando esta vez.

Pero Teresa le sorprendió. -Te acompaño- le dijo.

-Pero… no puedes. Tu estas al mando, no puedes abandonar la escena…- empezó a balbucear. Teresa le proporcionó una sonrisa tranquilizadora.

-Técnicamente no; la escena es de Ramírez, que además ha estado con nosotros todo el tiempo y sabe perfectamente lo que tiene que hacer.- Era cierto. Eran ciertas las dos afirmaciones. Se había quedado en la retaguarda, como solía hacer. Estrategia interesante, la suya, y muy efectiva, que sin embargo no le había librado de la necesidad de atender a la familia del fallecido.

-Además- siguió Teresa -no me fio de ti.- aquí también había dado en el blanco. Hubiera ido a casa para quedarse hasta altas horas estudiando los detalles del caso; luego, se quedaría dormido o le sorprendería el amanecer. Mejor tener un ángel de la guarda que te guíe, a veces.

Se fueron en el coche de Martín a tomar algo. Luego Teresa le acompañó a casa y se aseguró que tomaba sus pastillas para dormir, y sin hacer trampas. -Te llamo mañana- le dijo despidiéndose. Vivía un par de bloques más allá, podía volver a casa andando. Eso fue precisamente lo que hizo. Y él se quedó dormido en cuestión de minutos.

¡Hasta el próximo jueves!

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